Bartolomé Esteban Murillo

1617 – 1630

El día 1 de enero de 1618, lo que hace situar su nacimiento por lo menos en el 31 de diciembre de 1617, es bautizado en la Iglesia de la Magdalena de Sevilla, el menor de los catorce hijos de Gaspar Esteban y María Pérez con el nombre de Bartolomé Esteban. Gaspar Esteban, que vive en la calle de las tiendas, es barbero-cirujano de profesión, lo que le permite sostener con holgura a su numerosa familia e incluso contar con el servicio de esclavos. Así los primeros diez años de la vida del futuro pintor transcurren en un ambiente de desahogo económico, mimado por sus hermanos, ya que con el mayor se lleva veintiocho años, y alentado en sus aficiones artísticas que sin duda empiezan a despuntar.

El pequeño Bartolomé que ya se caracteriza por su bondadoso carácter, colabora en la infinidad de tareas que surgen a diario en la casa, sintiéndose así plena y naturalmente incorporado al mundo. De este modo se graban en su interior esas características que aflorarán luego en su pintura: alegría, ternura y sencillez. Sin embargo, cuando sólo cuenta con diez años queda huérfano, pues a la muerte de su padre el 27 de julio de 1627, se sucede pocos meses después, el 8 de enero de 1628, la de su madre. El benjamín de Ia familia pasa a vivir entonces con su hermana Ana y su marido el cirujano Juan Agustín Lagares, que a partir de este momento se convierte también en su tutor.

1631 – 1633

A los catorce años entra Murillo a formar parte de una de las cuatro grandes escuelas de pintura que hay por entonces en Sevilla, la de Juan del Castillo, donde entre sus compañeros figuran Pedro Valbuena, Alonso Cano, Pedro de Moya y el sobrino de su maestro. La escuela del Castillo es como un santuario y Bartolomé Esteban se entrega con gran entusiasmo al aprendizaje. Por otra parte, no vacila en ocuparse también de las más humildes tareas del obrador como preparar los colores y los lienzos o limpiar los pinceles. Todos sus compañeros valoran tanto su capacidad artística como su bondad, y su carácter afable y siempre bien dispuesto. El maestro, sin embargo, viaja sin cesar, lo que hace suponer que Murillo aprende sobre todo de su condiscípulo Alonso Cano.

Por otra parte, en 1629, Juan del Castillo se traslada a vivir a Cádiz y Murillo con veinte años y escasa fortuna parece ser que se decide, si bien no hay datos que lo prueben, a trabajar para la feria, bullicioso lugar donde acuden los traficantes que parten a las Indias para aprovisionarse de objetos de todo tipo, entre ellos cuadros. Allí, por la magia de rápidas pinceladas (como señala Ceán Bermúdez), se transforma un San Onofre en un San Cristóbal, se fabrican Inmaculadas, Cristos y Vírgenes con el Niño. El hechizo de este mundo tienta a Bartolomé Esteban a embarcar hacia las Indias en 1633, pero o bien no se decide a poner en práctica este tentador proyecto o regresa rápidamente, pues de este viaje no se tiene ninguna noticia.

1634 – 1640

Por estas fechas, según indica Lafond, Pedro de Moya que había sido compañero suyo en el taller de Juan del Castillo y se hallaba guerreando en Flandes, regresa a Sevilla tras haber dedicado un tiempo a trabajar con Van Dyck en Londres. A la vista a de las copias de Van Dyck, que trae su amigo, Murillo se queda fascinado y desea también partir de viaje para conocer la obra de los grandes maestros del momento y de este modo, poder contemplar directamente aquellas tonalidades transparentes, aquel toque vigoroso que se adivina en las copias.

Si bien no es posible llegar hasta Londres, se conformará con trasladarse a Madrid, aunque no se conoce el momento en que realiza este viaje. De 1638 data el primer cuadro del que se poseen noticias: La visión de Fray Lauterio, mientras que al año siguiente pinta La Virgen del Rosario del palacio arzobispal de Sevilla. Ambos cuadros al parecer los realiza para el convento de Regina Angelorum y en los dos resulta evidente la influencia de Juan de Roelas. 

1640 – 1644

Bartolomé Esteban no sólo se puede considerar como un hombre de notables cualidades humanas, que siente gran inclinación hacia el trabajo, sino que además es profundamente religioso y actúa de acuerdo con sus convicciones. Parece encarnar las palabras de Pacheco, el maestro y suegro de Velázquez, cuando incorporando un sentir que se remonta a la época en que los fieles al no saber leer se instruían por las imágenes representadas en las paredes de los templos, afirma que «el arte del pintor debe consagrarse al servicio de la Iglesia».

Así, el 7 de febrero de 1644, ingresa en la cofradía de Nuestra Señora del Rosario y al poco tiempo solicita hacerse cargo de una serie de pinturas en el claustro chico del monasterio de San Francisco, por las que se ofrecía poco dinero, debido a que el convento no podía disponer para ello más que del fondo de limosnas. El conjunto comprende once telas con figuras de tamaño natural, entre las que se destaca un San Francisco en éxtasis, San Felipe, La muerte de Santa Clara, y San Gil delante del Papa, además de los cinco episodios de la Vida de San Diego de Alcalá. La admiración que suscitan estas obras entre sus contemporáneos es extraordinaria, teniendo en cuenta sobre todo que en algunas de ellas la exigencia de unas medidas especiales que alargan el cuadro excesivamente dificultan la composición. Por esta razón y al tener que superar una serie de dificultades técnicas, consigue el pintor obras de gran calidad como La cocina de los ángeles.

1645 – 1649

En el año 1645 Murillo se casa con una joven del pueblo de Pilas, Beatriz de Cabrera Villalobos. AI parecer en el momento en que llaman a los novios a declarar, la novia realiza «muchas aziones de que la forzaban para que se casase». Sin embargo, ese incidente queda posteriormente solucionado, ya que pocos días después declara que sus palabras anteriores habían surgido «por estar turbada y no reparar en lo que se decía, por ser doncella honesta y recogida y verse de repente sola ante dicho fiscal». Publicadas las amonestaciones, Beatriz y Bartolomé Esteban se casan el 26 de febrero en la iglesia de la Magdalena. Trece meses después, en la misma iglesia, se bautiza a su primogénita Ana María.

El pintor tiene mucho trabajo y empieza ahora a comprar casas y a alquilarlas. Así, en 1647, arrienda dos viviendas, una en el barrio de la Magdalena y otra junto al convento de San Pablo En este mismo año, bautiza a su hijo Felipe, al año siguiente a su hija Isabel Francisca y dos años después a su hijo José Esteban. El bullicio de la casa se multiplica en el alegre decorado de ese mundo infantil lleno de risas.

1650 – 1655

El mundo de los niños con toda su riqueza de imaginación y poesía atrae muy pronto su atención y constituye un tema constante de sus cuadros. Es ahora cuando pinta el famoso lienzo Dos niños comiendo fruta. Los golfillos y mendigos le inspiran especial ternura; ya en sus primeros años pinta el Niño mendigo, tantas veces citado como ejemplo de la influencia de la pintura en la picaresca. Sin embargo, esta picaresca de Murillo se halla muy lejos de los monstruos de Carreño y Ribera y de los enanos y bufones de Velázquez. Murillo no los contempla fría y lejanamente como tema de sus composiciones, sino de un modo conmovedor, cargado de humanidad. En el año 1651 el duque de Arcos le invita a Marchena.

De regreso a Sevilla pinta para los franciscanos la Inmaculada, a la que se ha dado el sobrenombre de «la colosal», de características diferentes a las Inmaculadas que seguirán posteriormente. La Virgen María se encuentra en plenitud de edad, y mientras contempla la tierra, su manto se eleva delicadamente hacia las alturas. Entre 1651 y 1656, tres nueves hijos vienen a aumentar la familia, pero otros dos mueren alternándose la tristeza y la alegría en la vida del pintor. En 1655 pinta el magnífico cuadro de Santa Ana dando lección a la Virgen, para cuya realización toma de modelo a su mujer y a una de sus hijas.

1656 – 1664

En 1656 Murillo realiza dos de sus pinturas más conocidas, la Ilamada Inmaculada de El Escorial y el San Antonio de Padua, cuadro de proporciones gigantescas por el que el cabildo de la Catedral de Sevilla le entrega 10.000 reales. Teófilo Gautier, al contemplarlo, no vacila en afirmar que «jamás la magia de la pintura fue más lejos». Los cielos se abren y entre la luminosa transparencia de las nubes, el Niño Jesús desciende hacia el santo en éxtasis. Murillo en su apogeo viaja a Madrid, donde permanece varios meses, estudiando la pintura extranjera de las colecciones reales. De este modo se entusiasma con Rubens y Van Dyck, Rafael y Coreggio, y admira profundamente a Ribera y Velázquez. A su regreso la gracia de su estilo se ha impuesto de tal modo en la sociedad sevillana que Zurbarán, sintiéndose desplazado, abandona la ciudad.

En 1660 realiza Murillo uno de los sueños de su vida y gracias a su empeño y a su tesón se funda la Academia de Dibujo en la Casa de la Lonja de Sevilla. Se establece que haya dos presidentes que ejercerán su cargo por rotación semanal y se elige a Murillo y a Francisco de Herrera. Murillo ocupa este puesto hasta 1663, y le sustituye Valdés Leal. Este mismo año muere su mujer y él siente de nuevo la tentación de emigrar a las Indias, como había hecho ya una de sus hermanas, pero es más fuerte la llamada de su ciudad natal y de nuevo vuelve a enterrar este viejo proyecto.

1665 – 1668

Los conventos, las congregaciones, el cabildo y los particulares encargan a Murillo cuadros incesantemente y el pintor trabaja de modo infatigable tratando de complacer a todos. Ahora es un canónigo de la catedral de Sevilla, don Justino Neye Yevenes, que como muestra de su devoción a Nuestra Señora de las Nieves, venerada particularmente en la iglesia de Santa María la Blanca, le encarga cuatro grandes pinturas para este templo: El sueño del patricio, La revelación del sueño, La Inmaculada Concepción y una figura alegórica de La Fe. Las dos primeras conocidas con el nombre de los Medios Puntos por la forma obligada que tuvo que adoptar para que se colocaran en los tímpanos de la iglesia, constituyen la cumbre de la obra de Murillo.

El mismo año pinta la escena bíblica del Encuentro de Rebeca y Eliecer, y forma parte de la Cofradía sevillana, la Hermandad de la Caridad, que reùne gente con el fin de asistir a los condenados a muerte y recoger los cuerpos de los ahogados en el Guadalquivir, así como los muertos a mano armada abandonados, a los que amortajan y dan sepultura. Cuando Murillo entra a formar parte en la Cofradía, el hermano mayor es don Diego de Mañara, modelo del Don Juan español en su juventud y ahora arrepentido y entregado a la penitencia.

1669 -1674

En 1669 se solicita la asistencia de Murillo para dirigir los trabajos de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla. Tras restaurar las pinturas alegóricas de Pablo Céspedes, pinta una Inmaculada Concepción y siete figuras de medio cuerpo entre las que destacan Santa Rufina y Santa Justina. Se ocupa también de los retablos laterales de los capuchinos y los trabajos en la iglesia de San Agustín. En 1671 tiene lugar la proclamación de la canonización del monarca Fernando IlI y Murillo colabora activamente en las festividades. Para ello levanta un lujoso retablo de arquitectura fingida en la capilla del Sagrario y pinta al santo vestido de armadura y manto forrado de armiño, arrodillado con un cojín. En el año 1674 lleva a cabo las pinturas del Hospital de la Caridad por encargo de don Miguel de Mañara, consistente en once telas entre las que destacan San Juan de Dios salvando a un enfermo y Santa Isabel curando a los tiñosos donde el contraste de los ricos atavíos de la santa y la pobreza de los enfermos se unen en una luz inmaterial.

1675 – 1682

Entre 1670 y 1675 se sitúan los cuadros Niños jugando a los dados, Niños comiendo pastel, Niñas contando dinero y Vieja despiojando a un niño. Ahora, en sus últimos años, estas imágenes infantiles aparecen siempre sonrientes, ahogando con su alegría y su ingenua felicidad, la miseria de sus harapos. Entre sus niños hay que señalar las hermosas representaciones de San Juan y el Niño Jesús como en Los niños de la concha, lienzo que representa a Jesús aproximando una concha llena de agua a los labios de su primo. Tampoco hay que olvidar los temas secundarios como los animales y los objetos de uso en la vida cotidiana que el pintor trata con particular atención. Sus telas vuelven a renacer llenas de vida.

Nuevos retratos, nuevas Inmaculadas, entre ellas la realizada para el Hospital de los Venerables Sacerdotes, conocida con el nombre de Inmaculada Soult, las Historias del hijo pródigo, el Autorretrato, Santa Rosa de Lima, el Retrato del canónigo Miranda, son cuadros en los que día a día va plasmando las últimas ilusiones de su vida y probablemente las más hermosas. El 3 de abril de 1682 a consecuencia del golpe sufrido al caer de un andamio mientras pintaba Los desposorios de Santa Catalina del retablo mayor de los capuchinos de Cádiz, muere Bartolomé Esteban Murillo. Su fama se extendía ya por toda Europa hasta el punto de que al año siguiente Sandart publica en Nüremberg su primera biografía.