Delacroix

1798 – 1814

Ferdinand Victor Eugène Delacroix nace el 26 de abril de 1798 en Charenton-Saint-Maurice, y con él se abren las puertas del romanticismo en Francia. Su padre, Charles Delacroix, desempeña el cargo de ministro del Directorio y después prefecto del Imperio. Su madre, Victoria Oeben, es hija de un famoso ebanista de la corte.

Al morir su padre, en 1805, Eugène se traslada con su familia a Paris, a casa de su hermana Henriette de Verninac. Al año siguiente se inscribe en el Liceo Imperial donde realiza estudios clásicos. En 1813 reside en casa de su primo Bataille, en Valmont, lugar al que permanecerá vinculado por su misterioso encanto, volviendo a él repetidas veces a lo largo de su vida.

Desde Valmont visita Rouen, donde le impresionan vivamente las ruinas medievales y el palacio de justicia gótico, que ya empiezan a suscitarle el gusto por la arquitectura del medievo.

1815 – 1819

En 1815 Eugène ha dejado ya el liceo y su tío H. F. Riesener le presenta a Pierre Narcisse Guérin, pintor de la escuela de David, y en aquel entonces director de la Academia de Francia en Roma. En su estudio, Eugène recibe enseñanzas basadas en fuentes clásicas, mientras Géricault y Bonington le empujan por nuevos caminos de investigación artística.

Al año siguiente se inscribe en la Escuela de Bellas Artes, donde contrae amistades que durarán toda la vida. Frecuenta al Louvre ejercitándose en la copia de los maestros del siglo XVI y XVII, pero al mismo tiempo estudia a Goya y se interesa por la litografía, publicando en 1816 algunos grabados en «Le Miroir».

El primer encargo público que realiza en 1819, La Virgen de las Mieses, de la iglesia de Orcemont, deriva claramente de sus estudios de Rafael.

1820 – 1822

Delacroix, que frecuenta el estudio de Géricault sirviéndole a veces incluso de modelo, mientras éste trabaja en La Balsa acepta un encargo suyo para realizar una Virgen del Sagrado Corazón, donde todavía sigue la tradición clásica de la forma.

Su Autorretrato vestido de Hamlet, del mismo año, constituye una prueba patente de sus estudios de Velázquez. Al año siguiente Dante y Virgilio en el infierno, ejecutado en menos de tres meses para el Salón de abril, muestra la seguridad y conciencia de su búsqueda del equilibrio entre forma y energía, tratando de encontrar su camino a través de la pintura de David o Ingres y la de Géricault.

El cuadro no se concibe como una composición de fragmentos independientes, sino como una entidad indivisible Delacroix escribirá sobre este tema en su diario: «Por cuanto una pintura puede estar incompleta, cada elemento debe tener de todos modos su importancia relativa; un cuadro recién empezado es un cuadro visto a través de una niebla, pero es un cuadro, no lo olvidemos.»

1823 – 1827

Asiduo de los salones mundanos, Delacroix estrecha progresivamente sus lazos de amistad con Fielding y Bonington con quienes comparte el estudio. En esta época realiza una copia del Concierto Campestre, de Giorgione. En el Salón de 1824 su lienzo Las matanzas de Quíos se expone junto a obras de Constable.

Al año siguiente se encuentra en Londres. A su regreso a Paris trabaja por encargo del Estado pintando El emperador Justiniano redactando los códigos; en una galería privada expone La libertad de Grecia expirando en Missolonghi; en el salón del año 27 presenta numerosas obras de diversa inspiración, desde la Naturaleza muerta con crustáceos a La decapitación del Dogo Marin Faliero, una primera versión de Tasso en el manicomio y La muerte de Sardanápalo.

El clamor del escándalo suscitado por esta última gran obra, que por sus valores constituye una síntesis audaz de los nuevos resultados de su investigación artística, hace vacilar la seguridad del mismo Delacroix.

La muerte de Géricault a los 33 años, en 1824, le afecta profundamente. En su diario escribe: «No puedo acostumbrarme a su pérdida. A pesar de que todos sabíamos que le perderíamos, me parecía que descartando esta idea alejábamos la muerte. iPobre Géricault! Confío en que tu alma acuda a verme en medio de mis trabajos.»

1828 – 1832

Las dificultades económicas en que se encuentra su familia obligan a Delacroix a trabajar intensamente. De todos modos no deja de frecuentar los salones de la capital donde conoce a Stendhal, Merimée, Humboldt, encuentra a Victor Hugo y hace amistad con Dumas.

En estos años en que realiza una pintura de conjunto más que de análisis, resulta particularmente interesante el redescubrimiento de Rembrandt y su utilización de la luz. La revolución del año 1830 lo exalta inspirándole el cuadro La libertad guiando al pueblo, que una vez expuesto en el Salón del año 31, será adquirido por el Estado.

En este periodo de intenso trabajo vuelve a tocar sus temas favoritos, desde Cachorro de tigre jugando con su madre a El asesinato del obispo de Lieja, inspirado en Walter Scott.

Al año siguiente acompaña al conde de Mornay, embajador de Luis Felipe, a Marruecos, desde donde viaja a Sevilla y Cádiz para regresar a Francia con un cuaderno lleno de apuntes y los ojos sobrecargados de color. El descubrimiento de este mundo enteramente distinto quedará para siempre en la base de su creación.

1833 – 1838

En 1833 Delacroix recibe el encargo del ministro de Obras Públicas Thiers de decorar el Salón del Rey del Palacio de Borbón, trabajo que terminará en el año 36. Nuevamente en Valmont a la muerte de su sobrino da prueba en una serie de pequeños frescos de su palpitante interés por el clasicismo.

En los salones de estos años expone obras de variada inspiración, desde La batalla de Nancy a Mujeres de Argel, desde El prisionero de Chillon, basado en un tema de Byron, a la Lucha del Infiel y el Bajá, pasando por los retrato. Por entonces enferma de una laringitis cuya evolución maligna le llevará, años más tarde, a la muerte.

En el año 37 sólo una tela suya se expone en el Salón: La Batalla de Taillebourg, donde se percibe la influencia de La Batalla de las Amazonas, de Rubens. Al año siguiente recibe el encargo de decorar la biblioteca de la Cámara de Diputados. Para afrontar este trabajo abre un estudio en el que se podrán formar jóvenes pintores adornistas que lo secundan en tareas de este tipo.

1839 – 1845

En 1839 Delacroix realiza un viaje a Holanda y también a Bélgica para conocer directamente la obra de Rubens. De regreso a París le encargan la decoración de la biblioteca del Senado así como la de la capilla de la Virgen de Saint-Denis del Saint-Sacrement, para que una Piedad.

En 1840 vive en Valmont y en Nohant, durante un período de reposo, como huésped de George Sand y Chopin. De vuelta a París trabaja intensamente en la pintura de la Cámara. Durante casi diez años Delacroix se entrega a la elaboración de esta obra para la cual prepara infinitos esbozos.

La preocupación clasicista que le acompaña en los proyectos de estas grandes pinturas decorativas se refleja en la Educación de la Virgen, realizada en Nohant en contacto directo con la naturaleza, pero sobre todo en los trabajos presentados en el Salón del año 45: Muerte de Marco Aurelio, La sibila con el ramito de oro, La Magdalena en el desierto. En estos años empieza también a interesarse por la fotografía, que utiliza sobre todo para el estudio del desnudo.

1846 – 1850

En 1846 y 1847, en París, se abren al público la biblioteca de Luxemburgo y la de la Cámara. En su decoración Delacroix tiene que enfrentarse a este trabajo de una forma grandiosa, y se entrega a la memoria histórica sin el filtro de la corrupción moderna, lo que legitimiza su relectura del pasado y muestra una incomprensión de fondo del mundo barroco reducido a mera exterioridad.

Casi perturbado por los tumultos de la revolución de febrero de 1848 escribe un artículo sobre Gros, como había hecho ya en el 46 sobre Proudhon. Para el Salón del año 49 prepara cuatro cuadros de flores y una segunda versión de Mujeres de Argel.

Cada vez más enfermo alterna el trabajo intenso con períodos de descanso en la soledad del campo en Champrosay y en Valmont. En 1850 le encargan el cielo raso de la galería Apolo del Louvre. Escogido el tema de Apolo vencedor de la serpiente pitón, realiza con gran rapidez la composición, pero para acabar la enorme tela que habrá que encolar en el cielo raso requiere la ayuda de Andrieu.

1851 – 1855

Desde 1851 Delacroix expone cada año en Burdeos. Allí conoce a Odilon Redon, quien al hablar del techo de Apolo en el Louvre comentará: «Delacroix crea la expresión por medio de color». El arte de Delacroix, este gran romántico, de hecho como considera también Baudelaire, encuentra su acabado en el color pero la preocupación del color no sustituye a la de la forma.

En Champrosay, en uno de los períodos de reposo que cada vez con mayor frecuencia necesita debido a su enfermedad, prepara un artículo sobre Poussin y una reflexión con el título de Problemas en torno a lo ello. En julio, al regresar de Ems, sale de nuevo para hacer una cura, pasando dos veces por Amberes para volver a contemplar las obras de Rubens.

A las telas expuestas en el Salón del año 53 y a las siete versiones del Cristo y los apóstoles en el lago de Genesaret, a la terminación del techo y el friso del Salón de la Paz del Ayuntamiento, destruido después en el incendio del año 71, le sucede la preparación de su trabajo en la iglesia de Saint-Sulpice y la del pabellón dedicado a su pintura en la Exposición Universal del año 55 en París, que comprende 42 obras.

1856 – 1863

Durante este período su gran preocupación se centra en la capilla de Saint-Sulpice en París. El Salón del año 59, el último en el que participa, resulta particularmente representativo respecto a la inagotable búsqueda artística de sus temas.

Baudelaire dirá de estos ocho cuadros: «Es el infinito en el finito y el sueño… Delacroix pinta sobre todo el alma en sus horas más hermosas.» Tomando la opinión de Stendhal sobre el Salon del año 24, que afirmaba: «La escuela de David no puede pintar más que cuerpos, es decididamente incapaz de pintar el alma», transforma por completo su sentido.

En 1861 se inaugura la capilla de los Ángeles en la iglesia de Saint-Sulpice que Barrès definirá como un como un testamento a plena luz. El 13 de agosto de 1863 muere, y deja sin concluir las cuatro grandes telas destinadas al comedor del banquero Hartmann.

Meses antes escribe en su diario: «EI mérito de una pintura es producir una fiesta para la vista. Lo mismo que se dice tener oído para la música, los ojos han de tener capacidad para gozar la belleza de una pintura. Muchos tienen el mirar falso o inerte; ven los objetos, pero no su excelencia. Y así termina su existencia este gran pintor cuya obra artística puede considerarse verdaderamente revolucionaria.