El Greco

1541 – 1559

Nadie podría saber cuándo nació Doménico Theotocópuli si no hubiera permanecido la mayor parte de su vida, al menos la que transcurrió en España, empeñado en pleitos. Su trabajo no tenía valor, solía explicar cuando le preguntaban el importe de un cuadro que deseaban encargarle. Luego, a la hora de entregarlo surgían las complicaciones por no haber convenido previamente el precio. Todo le parecía poco y acababa presentándose ante los tribunales para reclamar el pago de unas cantidades que hicieran honor a sus excepcionales dotes artísticas.

Gracias a uno de estos procesos, el de Illescas sabemos por confesión propia que en 1606 tenía 65 años. Es decir, Doménico Theotocópuli nació en 1541 en la isla de Creta. El nombre de esta isla consta en la mayoría de las rúbricas que incluía en sus cuadros, pero el lugar preciso donde vino al mundo se conoce también por otro proceso celebrado en mayo de 1582, al que concurrió no como parte demandante, tal y como era su costumbre, sino como intérprete en el proceso que enfrentó al griego Miguel Rizo con la Inquisición de Toledo. En su presentación bajo juramento, declara ser «natural de la ciudad de Candía», capital de la isla de Creta, a la sazón dependiente del ducado de Venecia desde 1204 en calidad de «protectorado». Por referencias de su hermano, se supone que la familia pertenecía a la clase media, en la que se podría incluir a los recaudadores de impuestos al servicio de la metrópoli veneciana, oficio que desempeñaba su padre. Por el nombre con que le bautizaron, Domenico Ciriaco, en ortodoxo, se deduce también que profesaban la religión católica.

1560 – 1565

La biografía conocida del Greco guarda profundo silencio desde que llega al mundo hasta que abandona su ciudad natal. Se supone que a lo largo de estos años ha aprendido a pintar los iconos de las madonnari bizantinas. Pero esta pintura tan localista limita sus posibilidades y siente la honda atracción que ejerce Venecia, capital de la metrópoli. Aunque todavía es muy joven se dirige allí con el propósito de conquistarla y la encuentra en el cenit de su esplendor. La parroquia de San Giorgio dei Greci constituye un importante punto de convergencia para los griegos; prueba de ello es que se pueden contar entre sus feligreses a más de 4.000 candiotas. La mayoría son artistas y artesanos que elaboran por encargo de los venecianos trabajos muy apreciados por su calidad y finura.

El Greco queda deslumbrado por los grandes maestros venecianos y empieza a imitarlos con torpeza; utiliza su vieja técnica iconográfica para pintar al natural, tema de moda. Pero poco a poco comienza a desarrollar un estilo propio. De Tintoretto aprende a agrupar a los personajes y a situarlos dentro de un suntuoso marco arquitectónico De Veronese capta el gusto por los colores vivos fuertes, como el verde y de Tiziano arranca el dominio de la pincelada. Todo este aprendizaje confluye en una maravillosa obra inédita hasta 1937, en que fue descubierta escondida en un granero: el Poliptico de Módena.

1566 – 1570

Una vez asimilada la esencia de los artistas venecianos el Greco, incapaz de sustraerse a la tentación de conocer el poderosísimo foco artístico que existe más al sur, viaja al centro de la península italiana porque conocer Roma es una exigencia perentoria para cualquier pintor que se precie. No en vano aquí se encuentran las obras de Rafael y Miguel Angel. Han sido tan definitivas que los pintores de la época se sienten incapaces de hacer otra cosa que imitarlas: son los manieristas. Poco puede aprender de ellos el Greco, pero sí de las tendencias, como la disposición vertical y la representación ovalada, orientada hacia el centro donde se concentra el tema, relegando a la periferia los detalles anecdóticos. El Greco acentúa estos rasgos que transmiten los primeros destellos de su obra más genuina dotada de un carácter propio, subliminal, taciturno religioso.

Julio Clovio, cuya relación con el pintor será la causa de una decisión transcendental para España, cuenta que un día soleado de primavera encontró al Greco encerrado a oscuras en su casa: la luz externa perturbaba la serenidad de su luz interior. Prueba de su carácter es una afirmación presuntuosa que le costó su salida fulminante de Roma. A Urbano VIII no le convencían demasiado algunas de las figuras del Juicio final de la Capilla Sixtina realizadas por Miguel Angel y por tanto invitó al Greco a que las «adecentase». «Más vale destruir la obra entera. Yo sé cómo hacerlo, con honestidad y decencia y con tanta calidad como Miguel Angel», respondió el Greco. La indignación de los manieristas ante estas palabras fue estruendosa. Al Greco no le quedó más remedio que huir a… España.

1571 – 1576

Desde la salida de Roma hasta su aparición en Madrid, la oscuridad se impone de nuevo en la vida del Greco. A instancias quizá de su amigo Julio Clovio, conocido del emperador Carlos V o de Pedro Chacón, su futuro albacea, el Greco se dirige a España cargado de cuadros y libros de clásicos griegos previa visita a Venecia, Malta y Creta. Pasa fugazmente por Madrid, donde conoce a Jerónima de las Cuevas, y se marcha a Toledo que apenas hace diez años ha dejado de ser capital de España, pero continúa siendo de hecho el centro cultural y artístico de la península.

A dos pasos se está levantando el monasterio de El Escorial, para cuya construcción y ornamentación Felipe II ha convocado a los mejores artistas del mundo. Antes de que el Greco concurra a esta llamada se instala definitivamente en Toledo. La ciudad es tan cosmopolita como Venecia. En ella conviven armónicamente judíos, cristianos y árabes, bajo banderas alemanas francesas, húngaras, italianas, griegas, turcas… hasta alcanzar 80.000 habitantes, inmersos en su bullicioso centro industrial y textil, donde brillan los brocados, la cerámica y las espadas a la sombra de una universidad que puede competir con las mejores del mundo. 

1577 – 1579

El Greco tega a Toledo coronado de laureles como pintor consagrado. Prueba de ello es que el 16 de agosto de 1577 los constructores de la Iglesia de Santo Domingo el Antiguo, diseñada con arreglo a los planos de Herrera, ordenan que se respete un espacio en el edificio para un retablo que debe pintar el Greco. A estas fechas corresponde una de las obras más reproducidas del Greco. Se trata de El Expolio, concebido para el altar mayor de la Catedral de Toledo, donde Jesucristo aparece sin la corona de espinas y sin muestras de flagelación. El Expolio constituye una exhibición de figuras amontonadas sin perspectiva, que rellenan completamente una tela cuyo tema principal es la inmensa mancha roja de la túnica bajo un rostro de Jesucristo inundado por unos inmensos ojos, donde el Greco aplica con extraordinario efecto una técnica aprendida en Italia; una pincelada vertical en blanco sobre el iris para provocar la sensación de lágrimas. Por esta obra recibió un adelanto de 37.500 maravedíes.

En 1578 nace su hijo Jorge Manuel Theotocópuli. El Greco está pendiente de su incorporación a la corte de Felipe Il y para facilitar su acceso pinta la Alegoría de la Santa Liga, «Gloria del Greco», en conmemoración de la victoria de Lepanto, y más tarde recibe el encargo para realizar El Martirio de San Mauricio para El Escorial. Por su carácter manierista o por el juicio desfavorable de Navarrete el Mudo, para quien los «santos se han de pintar de manera que no quiten la gana de rezar ante ellos», a Felipe II no pareció agradarle porque aunque le pagó los 300 ducados convenidos no se instaló en el lugar previsto con anterioridad. 

1580 – 1585

La certeza de que El Martirio de San Mauricio no agradó a Felipe II le condujo a rechazar encargos de medios próximos a la Corte y a radicarse definitivamente en la ciudad del Tajo, que estrenaba entonces un artificio ideado por un sabio piamontés, gracias al cual Toledo podía surtirse de agua corriente procedente del río. Por otra parte, el párroco de la iglesia de Santo Tomé recibe la aprobación de la curia para encargar al Greco El entierro del señor de Orgaz.

El Greco se encuentra en la plenitud de su vida y rodeado de éxito y dinero lo cual le permite alquilar como residencia las casas del marqués de Villena. La conclusión del Entierro elevó aún más su cotización y suscitó la admiración popular. Todos los críticos consideran al Entierro como el cuadro que mejor sintetiza las cualidades del Greco. Una composición realizada sobre un frontispicio clásico donde encuentra una interpretación unitaria lo divino y lo humano. El tema se refiere al entierro del notario mayor de Castilla y señor de Orgaz don Gonzalo Ruiz de Toledo. Este personaje había favorecido a la Iglesia de Santo Tomé y según la tradición a su muerte en 1323, bajaron del cielo San Agustín y San Esteban para ayudar en la ceremonia realizada en este templo. Por las demoras en su realización, el párroco Andrés Muñoz se retrasa en pagar lo convenido en el encargo, así que de nuevo se encuentra el Greco en pleitos de tasación por una obra ya realizada. Finalmente convienen en abonarle 1.200 ducados contra los 1.600 que solicitaba después de recurrir a unos peritos para que valoraran la obra.

1586 – 1595

El éxito del Entierro multiplica la reputación del Greco, a quien le llueven las ofertas de clientes. Corresponden a esta época las series de los apóstoles y santos; esas figuras alargadas como torres majestuosas y abstractas que se alzan en un movimiento impregnado de una armonía de colores tan violenta y audaz que no ha vuelto a repetirse: la Mater Dolorosa, el Descendimiento de la Cruz, Santiago el Peregrino, San Andrés, San Francisco y San Bernardino. Todas las hipótesis aventuradas sobre las causas que le influyeron a modelar involuntariamente este alargamiento de las figuras se han demostrado falsas. No se debía, como sugirió Marañón, a que utilizaba como modelos a los locos del Hospital del Nuncio, ni padecía astigmatismo o cualquier otro defecto visual. Esta distorsión del cuerpo humano constituye la exaltación de un estilo personal, realizado con auténtica libertad de espíritu y palpitante de espiritualidad.

Consolidada su fama, el Greco se dispone a disfrutar de sus honorarios viviendo en la espaciosa estancia de la casa del Marqués de Villena y se hace acompañar en los almuerzos por músicos. Esta preocupación constante por cuestiones monetarias contrasta con su devoción santoral con especial afecto por San Francisco de Asís, de quien realizó más de 128 versiones. En esta época recibe el encargo de pintar el Retablo de Talavera la Vieja y, por otra parte, le sorprende la visita de su hermano Manusco, que acude a él en busca de ayuda económica. 

1596 – 1605

Concluidos los trabajos de Talavera la Vieja, destruidos durante la Guerra Civil, inicia su etapa de retablos para el Hospital Tavera de Toledo y la iglesia del colegio agustino de Santa María de Aragón en Madrid. Ninguno de ellos se libra de pleitos económicos. Por el altar mayor de Tavera, el Greco rebaja voluntariamente su cotización de 25.000 a 16.000 reales, pero en el segundo caso llega a secuestrar su obra y a ordenar su traslado a Toledo si no se le abona lo convenido. Lo mismo ocurre con los trabajos realizados para la Iglesia del Hospital de la Caridad de llescas. Aquí, la controversia surge por la disconformidad de sus clientes, que alegaban defectos de acabado y falta de pudor por haber vestido a los personajes a la moda del tiempo. Al final no cambió nada de lo pintado ya que no entendía por qué le juzgaban de ligereza cuando la moda era admitida por toda la cristiandad.

En este momento realiza un paréntesis en su actividad artística para ocuparse de temas de su juventud como Cristo en el huerto de los olivos. El 24 de marzo de 1909, el regidor de Toledo apadrina a su nieto, hijo de la primera mujer de su hijo Jorge Manuel. Muere su hermano y encabeza una petición para recaudar fondos con el fin de rescatar a seis frailes prisioneros de los turcos. Vuelve a habitar la casa del marqués de Villena y acepta en su taller a Luis Tristán, el único de sus discípulos digno de mención, ya que la mayoría rehusaron seguirle por ser su estilo «de doctrina caprichosa y extravagante apreciado sólo por él».

1606 – 1610

La madurez del Greco no le impide continuar en su búsqueda de nuevas formas. Liberaliza las expresiones, humaniza las figuras de los santos y acentúa la sobriedad de su técnica en temas mitológicos y paisajes naturales donde abundan los ocres, rojos y verdes sin perspectiva como un anticipo de Cézanne y aparecen yuxtapuestas las pinceladas de los colores planos. Los fuertes contrastes de luz, sorprendentes siempre en sus cuadros y desconcertantes para el espectador, proporcionan a sus obras un fulgor inimitable. Ahora pinta una serie de ascetas como San Jerónimo, varias versiones de la Expulsión de los mercaderes del templo, un supuesto autorretrato, retratos de caballeros, de su hijo, del cardenal Niño de Guevara, las dos series del Apostolado, la descubierta en el pueblo de Almadrones (Guadalajara) durante la guerra civil y las halladas a comienzos de siglo XX en el convento de San Pelayo de Oviedo y la de la Catedral de Toledo así como las maravillosas vistas de Toledo, fantasmagóricas, con el cielo atormentado sobre una panorámica de la ciudad contemplada desde su casa.

El Greco atraviesa dificultades económicas y pinta poco, dada su avanzada edad. Adquiere una bóveda en la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, donde pinta una fantástica versión de La Adoración de los pastores. Simultáneamente realiza el Laooconte, sacerdote de Neptuno que advirtió a Troya para que impidiera la entrada del caballo a la ciudad, y que fue castigado a morir con sus hijos por boca de una serpiente. Aquí, el Greco realiza un resumen de su vida y de su inmenso talento.

1611 – 1614

Concluye las obras de La Asunción para la capilla de San Vicente de Toledo y completa los cuadros para el hospital Tavera de Toledo, con el alucinante y cadavérico retrato del cardenal Juan Tavera así como el Bautismo de Cristo La Anunciación, y el Quinto Sello del Apocalipsis que se encuentra en el Metropolitan de Nueva York, obra descubierta por Zuloaga en Córdoba tras una cortina de terciopelo y vendida posteriormente. “¿Hasta cuándo Señor no vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?». Esta visión del Apocalipsis supone una abstracción total donde el asunto desaparece a cambio de una alusión a un misterio inexplicable; hay visiones, más que colores, la materia se ha consumado con el Apocalipsis. Con él, el Greco pone un broche de oro a su vida y a la pintura española.

El 31 de marzo de 1614 encarga a su hijo Jorge Manuel, su heredero universal, que redacte su testamento, honre sus funerales y pague sus deudas. Una semana después, el 7 de abril, muere tras recibir los Sacramentos según el rito católico. Se le entierra en la cripta que había adquirido en Santo Domingo el Antiguo. Sin embargo, ciertas desavenencias surgidas después de su muerte entre Jorge Manuel y los dueños de la iglesia provocan el traslado de los restos del Greco a un lugar hoy desconocido. Jorge Manuel muere en 1677 y del resto de su familia sólo se tiene noticias de que el nieto tomó los hábitos de los agustinos. Ningún epitafio, debería de figurar en su tumba perdida, sino éste procedente de la culta sensibilidad del Padre Paravicino. «Creta le dio la vida y los pinceles Toledo mejor patria, donde empieza a lograr con la muerte eternidades.»