Pablo Picasso

1881 – 1895

El 25 de octubre de 1881 nace Pablo Picasso en Málaga. Primogénito de José Ruiz Blasco, profesor de dibujo y pintor de origen vasco y de María Picasso López andaluza de origen genovés utiliza el apellido de su madre.

En el bautismo recibió los nombres de Pablo, Diego, José, Francisco de Paula Juan Nepomuceno, María de los Remedios, Crispín y Crispiniano de la Santísima Trinidad. Muchos nombres aunque quizá no demasiados para aquella naturaleza multiforme que marchó siempre en vanguardia de todos los movimientos artísticos de su época. Pero él se quedó solo con el de Pablo, y de este modo existe un lazo de unión entre los tres grandes personajes del arte y las letras: Pablo Casals, Pablo Neruda, Pablo Picasso.

Aunque pronto abandona también el nombre para firmar con el impacto escueto del apellido. En 1884 y 1887 aumenta la familia con el nacimiento de dos niñas: Lola y Conchita. Esta moriría a los cuatro años, en 1891, poco después de haberse instalado la familia en La Coruña, pues el padre, profesor de dibujo en la malagueña Escuela de Artes y Ofticios de San Telmo, es destinado a Galicia.

Pablo ingresa a los diez años en el instituto de Enseñanza Media de La Guarda, donde realiza sus primeros pasos artísticos bajo la orientación de su padre, que le regala su propio equipo de pintura y pinceles.

1895 – 1900

En 1895 se traslada la familia a Barcelona, donde el padre ha obtenido una cátedra en la Escuela de Bellas Artes de la Lonja. En ella se matricula el joven Pablo para el curso 1895-96 a pesar de no tener la edad requerida: veinte años.

Cuando aún no ha cumplido los quince años, presenta en la Exposición Municipal de Barcelona su cuadro Primera Comunión, muy académico, concebido para participar en un concurso. En junio de 1897 recibe una mención honorífica con su lienzo Visita a la enferma, más conocido por Ciencia y caridad, que envía a la Exposición Nacional de Bellas Artes y en octubre del mismo año, ingresa en la Real Academia de San Fernando de Madrid.

Al final del curso en junio de 1898, cae enfermo de escarlatina y regresa derrotado a Barcelona. Para aliviar la convalecencia marcha con su amigo Manuel Pallarés a una casa que éste tiene en el pueblo tarraconense de Horta de Ebro, donde transcurre el invierno en contacto con la naturaleza. La observación del mundo que le rodea le resulta más provechoso que los estudios académicos «Todo lo que sé lo he aprendido en Horta de Ebro», diría más tarde.

En abril de 1899 regresa a Barcelona, donde frecuenta el café «Els Quatre Gats», hervidero cultural en el que se dan cita todas las inquietudes literarias y artísticas. Aquí mantiene provechosas tertulias con los Reventós, los Pitxot y sus jóvenes amigos.

1900 – 1901

En «Els Quatre Gats» inaugura Picasso el 1 de febrero de 1900 una exposición integrada casi toda ella por retratos de barceloneses como el dibujante Opisso, los pintores Ramón Pitxot y Joaquín Mir y el sastre Soler, que constituye un éxito. A mismo tiempo colabora en revistas de vanguardia como Joventut y Catalunya artística.

A finales de octubre de este año realiza su primer viaje a París, de donde regresa a Barcelona para dirigirse en enero de 1901 a Madrid. Aquí funda con Francisco de Asís Soler la revista Arte Joven, de la que lleva la dirección artística. La revista, creada para instaurar en Madrid el movimiento modernista catalán, no consigue publicar más que cinco números, y el pintor fracasado en este empeño, regresa a Barcelona en mayo de 1901.

En junio de este mismo año, mientras presenta en la Sala Pares de Barcelona una exposición de pasteles que había realizado en su primer viaje a París, vuelve a esta ciudad atraído por su embrujo artístico y el 25 de junio expone con F. Iturrino en las Galeries Vollard una colección de sesenta y cuatro cuadros.

En la exposición inicia su amistad con Max Jacob (1876-1944), el poeta y pintor de raza judía, que se convertirá al catolicismo en 1915 y morirá en el campo de concentración de Drancy. En octubre se incorpora a su círculo de amistades Jaime Sabartés, que como amigo y secretario estará a su lado toda la vida.

1901 – 1904

Con el retrato de su incondicional Sabartés, que realiza en 1901, precisamente empieza el «período azul» llamado así por el predominio de este color en sus telas: un azul que no es brillante y luminoso, sino pesado y denso, como corresponde a una etapa que es en sí triste y amarga.

Este período, que se caracteriza por una temática de grave patetismo, más perceptible aún en la hechura que en los temas y una técnica de simple monocromía, proseguirá hasta la primavera de 1904 con sus figuras infinitamente solas, sobre las que el pintor vuelca toda su humana ternura: pobres madres con niños, castas parejas desnudas, mendigos, viejos y ciegos desolados, prostitutas nada triunfantes y melancólicos paisajes urbanos en la noche.

Picasso sabe llenar de hondo lirismo las humildes escenas de la vida donde el amor y el dolor se expresan con enorme belleza. Pertenecen a él Niña sentada (1901), Madre con niño (1902), Bebedora adormecida (1902), Mendiga acurrucada (1902), La sopa (1902), La vida (1903), El guitarrista viejo (1903). La celestina (1903), El viejo judío (1903), Tejados de Barcelona (1903), Barcelona de noche (1903), La pareja (1904), y La mujer del moño.

El artista sigue viviendo a caballo entre Barcelona y París, hasta que en abril de 1904 se instala en la capital francesa definitivamente. Mientras tanto, en 1902, participa en tres exposiciones parisinas de grupo que organiza la Galerie Berthe Weill.

1904 – 1906

En París se instala el artista en Montmartre, donde comparte un barracón con Max Jacob, André Salmon, Kees van Dongen y otros: el famoso Bateau-Lavoir. En él conoció a Fernande Olivier, su inspiradora y modelo hasta 1912. En octubre de 1904 envía once pinturas y varios dibujos a una nueva exposición de grupo que monta la conocida sala Weill.

Poco más tarde, el 10 de diciembre, publica Eugenio d’Ors en «El poble català» las proféticas palabras: «…Picasso, que en su retiro está preparando ahora obras que sorprenderán y hasta causarán espanto». En 1905 conoce al poeta Guillaume Apollinaire, que escribirá de él: «Más que todos los poetas, los escultores y los demás pintores, este español nos deja sin aliento» (Les jeunes Picasso peintre, París, 15 de mayo de 1905); también toma contacto con los ricos coleccionistas estadounidenses Leo y Gertrude Stein.

Frecuenta el circo y graba la serie Los volatineros, colección de dieciséis aguafuertes, seis de los cuales presenta, junto con veintiocho cuadros y un álbum de dibujos a una exposición que inaugura las Galeries Serrurier el 25 de febrero de 1905.

Para entonces su paleta ha experimentado una sensible evolución hacia un cromatismo más vivaz y luminoso. Sus telas se pueblan de actores, arlequines, volatineros, acróbatas y bufones. La atmósfera se vuelve clara; el estilo, sobrio. Es el «período rosa».

1906 – 1907

En la primavera de 1906 Picasso retrata a Gertrude Stein. Poco más tarde pasa una temporada con Fernande Olivier en Gósol, en el alto Urgel, aldea perdida en los Pirineos, donde pinta numerosas telas como El aseo y El harén, a la vez que toma apuntes y realiza experiencias inspiradas en el ambiente que le rodea.

El retorno a las raíces, a la tierra madre, a las formas conocidas y primigenias, junto con el descubrimiento de la escultura ibérica prerromana, que ha sido objeto de una exposición en París, y de la escultura negra, de la que conoce algunas muestras a través de sus amigos Derain y Vlaminck, ejerce gran influencia en la transformación de su arte, ya que le impresionan profundamente por la simplicidad de sus planos y sus aristas acusadas. En casa de los Stein conoce a Matisse, que con su movimiento fauvista preanuncia el cubismo, aunque luego lo repudie.

En 1907, año clave en la vida del artista por ser un momento de búsqueda e indagación, ejecuta una gran tela con cinco desnudos femeninos: Les demoiselles d’Avignon. En ella desaparece la perspectiva, quebrándose en volúmenes distintos que en la composición espacial de las estructuras corpóreas sofocan el aire, ocupan todo el espacio, acaparan todo el interés. En oposición al cromatismo elegante del impresionismo y también al uso sensitivo del color por parte de los pintores fauves, triunfan aquí los colores apagados y neutros: las tierras. Es ya el protocubismo.

1907 – 1909

El cuadro Les demoiselles d’Avignon sembró el desconcierto general, con la sola excepción de D.H. Kahnweiler, marchante e historiador del cubismo y de W. Uhde, crítico de arte y coleccionista alemán. Leo Stein no aceptará nunca la transformación del artista.

Picasso en 1907, conoce a Georges Braque (1881-1963), presentado por Apollinaire. Será el inicio de una gran amistad y de una íntima relación artística. El Salon d’Automne inaugura este año una importante retrospectiva de Cézanne, Se trata de un acontecimiento determinante para Picasso, que volviendo a meditar sobre la obra del maestro de Aix, busca con tenacidad la geometría de la estructura y la reproducción del volumen sobre la tela bidimensional.

Cézanne recomienda reducir los objetos a volúmenes primarios. Pero él se refiere a volúmenes curvos (esfera, cono, cilindro), mientras que Picasso y Braque prefieren volúmenes de aristas rectilíneas: cubos, pirámides, paralelepípedos. Se puede seguir el esquema de experimentación en otras obras de la época: Desnudo con velos (1907), La mujer del abanico (1908), Driada (1908) y Tres mujeres (1908).

En 1909, algunos paisajes como La fábrica y Depósito de agua confirman, en otro sentido, la asimilación por Picasso de la lección de Cézanne: abolición de lo no esencial, eliminación del detalle bajo la exaltación de las formas simples y desmembramiento de los objetos, que se convierten en facetas de un aglomerado de cristales. Es la fase del cubismo analítico».

1909 – 1912

En septiembre de 1909 abandona el Bateau-Lavoir para alquilar un piso con estudio en el bulevar de Clichy. Continúa con Braque, que incluso le acompaña los veranos como el de 1910 en Cadaqués, con sus amigos los Pitxot, el de 1911 en Céret, al pie de los Pirineos; el de 1912 en Sorgues, cerca de Aviñón.

Al mismo tiempo comienza la lucha por dominar la geometría de la forma, a la que reduce a un fraccionamiento extremo de dificilísima interpretación: «fase hermética» del cubismo. Surge de este modo una amenaza y un peligro. La total desintegración del objeto, la eliminación de su aspecto superficial, se presentan como una amenaza de abstractismo, como un peligro de perder el contacto con la realidad objetiva, siendo así que el cubismo se concibe y se proclama como anclado en la realidad misma.

Braque brinda una solución al impasse creativo en que Picasso se encuentra. Por ejemplo, al proyectar su propia sombra sobre la tela (Violín y paleta, 1910), introduce un elemento de realidad objetiva asociado, aunque exterior, a la representación figurativa. Idéntico fin persigue cuando, en El portugués (1911), pega sobre el cuadro letras mayúsculas de imprenta («D» y «BAL»), anticipo de los collages».

El Salon des Indépendants y el Salon d’Automne abren sus puertas a pintores cubistas como Delaunay, Léger, Picabia o Duchamp, pero Picasso y Braque se mantienen alejados, pues lo último que pretenden es capitanear un movimiento pictórico. Sus esfuerzos culminarán, a partir de 1912, en el llamado «cubismo sintético».

1912 – 1913

En 1912-1913 Braque y Picasso de modo conjunto desarrollan el «cubismo sintético», Abandonan el análisis del objeto, para reasumir su fisonomía esencial y después de incorporar elementos reales sin recurrir al ilusionismo pictórico, sintetizan el objeto o las partes que lo componen representándolo sobre la tela en todos y cada uno de sus lados.

El punto de partida de este «cubismo sintético» es el collage, constituido sobre todo por papeles pegados (el papier collé). Se trata de fragmentos desgajados de textos de viejos periódicos que al incorporarse al contexto del cuadro introducen una apariencia de realidad objetiva o a veces conllevan un valor de ideogramas constituyendo un medio generador de nuevos mensajes y creador de nuevas formas.

El color adquiere más importancia y Picasso experimenta con nuevos materiales. Así une al óleo, yeso y arena. El artista busca también nuevos caminos en la escultura. Su Guitarra, escultura de 1912, significa una ruptura con el pasado escultórico, un cambio tan radical como supuso en la pintura el cuadro de Les demoiselles d’ Avignon.

Anteriormente, el material se había esculpido, tallado, modelado o fundido. En esta obra, primera escultura discontinua, una chapa y una serie de hilos de metal se han ensamblado juntos.

En 1913 Apollinaire, en Les peintres cubistes, explica la estética de la nueva tendencia cubista, que ha impuesto ya su triunfo indiscutible, tanto dentro como fuera de Francia.

1913 – 1915

Picasso, con Braque, Gris y Max Jacob, pasa el verano de 1913 en Céret con una apretada actividad artística. A volver a París participa en distintas exposiciones en Münich, Colonia y Berlín. Gran parte del año 1914 se encuentra con Braque y Derain en Aviñón, donde acude atraído por la luminosidad de la Provenza.

Nuevas experiencias le llevan a un realce de los valores cromáticos, y a una sorprendente vitalidad de las composiciones, gracias al empleo de una nueva técnica: el puntillismo. Es un período, de jubilosa fecundidad, que le ha valido el nombre, por su exuberancia de «cubismo rococó».

Pero el 2 de agosto estalla la I Guerra Mundial Braque, Derain y Apollinaire acuden al frente. Al quedar solo en Aviñón, Picasso vuelve en noviembre a París. Aquí, ya en 1915, avanza hacia una nueva técnica que refunde todas las anteriores experiencias en depuradas composiciones de vastas dimensiones y escueta geometría, en que la estética cubista alcanza su significación suprema.

Es el «período cristal» representado por obras como las ya clásicas de Arlequín, Hombre apoyado a la mesa y Guitarrista, en que asombra el equilibrio de tonalidades y proporciones, así como la fuerza incisiva del dibujo. Pero la guerra ha desintegrado el movimiento cubista, que desaparece como grupo, aunque perdure como estética.

1916 – 1920

Disperso el grupo por la guerra, Picasso queda aislado en Paris. En 1917, por sugerencia de Jean Cocteau, inicia la colaboración con Diaghilev. En febrero se dirige con el poeta a Roma para diseñar los decorados y el vestuario de Parade, ballet montado por Diaghilev con música de Erik Satie. Cuando se estrenó la obra en París, el público rechazó el ballet, pero aplaudió aquel decorado de formas cubistas móviles.

Durante su estancia en Roma, el artista se enamoró de Olga Khoklova, bailarina de los ballets rusos, y se casó con ella en 1918. Esta colaboración con Diaghilev no fue un episodio aislado, sino una aproximación en profundidad al teatro. En 1919 pasa el verano en Saint-Raphaël, en la Costa Azul, donde crea una serie de naturalezas muertas que deslumbran con su luminosidad mediterránea.

Comienza ahora ese período caracterizado por las formas monumentales y las imágenes transidas de un sentido de grandeza que se define como neoclásico.

1920 – 1925

En los años siguientes a la guerra, Picasso se orienta hacia una doble fórmula interpretativa: un realismo clásico y un cubismo resuelto en múltiples formas. Italia despertó en él la curiosidad por el mundo clásico y así nacen sus colosales Bañistas, las Mujeres sentadas, las Mujeres en la fuente o las Mujeres a la orilla del mar.

En 1921 nace su primogénito Pablo. Ese año realiza las dos versiones de Los tres músicos, considerados como la obra maestra del cubismo sintético. En ellas, resume Picasso su experiencia cubista y teatral, porque sigue interesado en el diseño de figurines y telones en colaboración con Diaghilev.

Por tanto, se explica la influencia de esta actividad en el resto de su obra, donde no hay naturaleza muerta sin su correspondiente instrumento musical y donde abundan los temas coreográficos. Entre éstos destaca la Danza (1925), donde tres figuras se lanzan al frenesí del jazz en un auténtico estallido de colores. En 1925 participa el artista en la primera exposición del naciente grupo surrealista.

1925 – 1930

Aun sin adherirse al surrealismo, Picasso reconoce en este movimiento la fuerza que deriva de la unión de todo un grupo de pintores y poetas como Éluard, Aragon, Péret y Soupault, capitaneados por Breton. De este modo a través de su poética descubre el mundo escondido y profundo del subconsciente.

Resulta difícil saber si Picasso aceptó el método del psicoanálisis para introducirse en la compleja vida del subconsciente, pero no cabe duda de que no renunció a la temática o a los efectos surrealistas procediendo a violentas desarticulaciones de las figuras (Tres bailarinas, 1925; Taller de la modista, 1926), admitiendo la proyección simultánea del perfil y la frontalidad (Muier sentada, 1927) o bien cometiendo eso que se ha calificado de «insulto al hechizo femenino» mediante aquella monstruosa interpretación de la mujer con rostro en forma de tenaza o garfio y miembros sin carne. (

En 1930 recibe el premio de la Fundación Carnegie por el Retrato de Olga, pintado en 1918, y adquiere el castillo de Boisgeloup. Otras técnicas le tientan al mismo tiempo. Con el español Julio González empieza en 1929 a trabajar la escultura en hierro forjado y alambre. Por entonces ilustra también las Metamorfosis de Ovidio, colección de treinta aguafuertes de estilo clásico que publicará Skira en 1931.

1930 – 1935

Si Picasso no se inclinó hacia el surrealismo, Breton, el maestro de los surrealistas sintió gran admiración por su obra. En este sentido llegó a afirmar: «El surrealismo, si quiere asignarse una línea de conducta, no tiene más que pasar por donde Picasso pasó y pasará. »

Después de las Metamorfosis de Ovidio, Picasso ilustra en 1931 también en treinta grabados de estilo asimismo «clásico», Le chef d’oeuvre inconnu de Balzac, que publicó Vollard. AI año siguiente se celebran dos grandes exposiciones de su obra pictórica.

Por otra parte la época de Boisgeloup (1931-1933), que corresponde al gran periodo lírico de su escultura, sucede pictóricamente el preámbulo de lo que se pudiera calificar como «pintura monstruosa» por revelar la capacidad de cometer graves errores que se alberga en la condición humana. Basta contemplar El asesinato, El toro estoqueado, caballo y mujer desnuda, y Corrida de toros pintados en 1934 anuncio del drama que se avecina.

En este momento ya se advierte en su pintura el predominio del toro. Pero este toro, que pudiera interpretarse después del recorrido que hizo Picasso en 1933 y 1934 por España, como una señal de retorno a lo ibérico, a las raíces ancestrales, no es aquí un animal de noble acometividad, sino un símbolo de violencia y destrucción, de muerte y tragedia.

Con este tema enlaza obsesivamente la serie de grabados La Minotauromaquia, que realiza en 1935, año de crisis familiar.

1935 – 1939

Cuando tiene lugar el Alzamiento Nacional, Picasso reacciona a favor del gobierno republicano, que le nombra director del Museo del Prado y le encarga la decoración del pabellón español en la Exposición Internacional de París de 1937.

El argumento y el título para el gigantesco mural (7,80 x 3,50 metros) se los brinda el bombardeo y destrucción de Guernica, capital espiritual del país vasco, que tuvo lugar el 26 de abril de 1937. En su preparación el artista utilizó todos los recursos que había venido perfeccionando para describir todo el horror de una tragedia. La obra no es una crónica, ni un episodio. Es el grito de un mensaje universal. La ausencia de color, el estallido del blanco entre el gris y el negro, las dramáticas figuras despedazadas, constituyen por sí mismas un vivo testimonio de dolor.

En este sentido afirma Camón Aznar: «Este gran friso es una asamblea de aullidos. Todos los seres, como la leona herida de Asiria, tienen las piernas muertas. Pero les queda el busto y los brazos alzados en gritadora desesperación. Con la mitad del cuerpo ya fallecido, la cabeza se alza como la copa del dolor, toda colmada de lloro iracundo, con las bocas desencajadas en un grito que vuela por los espacios vacíos Contrasta la alta imploración de estas cabezas con la terrena desesperanza en que se halla sumergido este cuadro. Porque lo que aquí está muerto de verdad es la esperanza».

Picasso se encontraba en Antibes cuando en 1939 estalló la Il Guerra Mundial, que haría aún más estridente el múltiple alarido del Guernica.

1939 – 1946

En el Museum of Modern Art de Nueva York se celebra una exposición retrospectiva de Picasso. Este, desafiando la ocupación alemana, vive en París la mayor parte del tiempo. Con la guerra de España y la guerra del mundo, se vuelve más sombría y violenta la pintura de Picasso.

Refiriéndose a este tema comenta más tarde: “Yo no he pintado la guerra… Pero no cabe duda de que en los cuadros que pinté entonces existe la guerra. Quizá más tarde un historiador demuestre que mi pintura cambió bajo el influjo de ésta.» Es verdad. No hay más que comparar el dolor o la barbarie que estremecen en cuadros como Mujer llorando (1937), Gato devorando un pájaro (1939), Naturaleza muerta con cráneo de toro (1942) y El osario (1944) con el lirismo y el júbilo que vuelven a estallar en La mujer-flor (1946) y La alegría de vivir: Pastoral (1946).

Por otra parte el rostro de la Mujer llorando no puede ser más que la faz llorosa de la España de 1937, pues en un simple rostro humano no cabe tanto llanto. En 1944 tras la liberación de París, Picasso declara públicamente su adscripción al partido comunista. En agosto de 1945 consigue en la Provenza, a cambio de una naturaleza muerta, una antigua casa de campo, que cede después a su vieja amiga y compañera de tantos ideales, Dora Maar.

En 1946 recupera la serenidad en Antibes al lado de Françoise Gilot, que se convertirá en su esposa y le dará dos hijos. Al mismo tiempo, desde 1945, acomete con entusiasmo una nueva técnica: la litografía.

1946 – 1952

Picasso encuentra en la litografla un nuevo modo de expresión al que se dedica con incansable entusiasmo y en Françoise Gilot la musa inspiradora de esta nueva etapa como se comprueba en Gran Cabeza de Mujer. En 1949 con buena parte de esas litografías se monta una exposición en las Galerías Layetanas de Barcelona.

El artista conoce en 1947 a los Ramié, que dirigen un taller de cerámica en Vallaurís y allí va a instalarse, con su mujer y su hijo Claude que acaba de nacer. En Vallauris no sólo se dedica a la decoración de terracotas sino también a la creación de formas que enlazan con la primitiva alfarería mediterránea. La experiencia que adquiere como ceramista configura su obra escultórica de estos años: Mujer encinta, La cabra preñada, Muchacha saltando a la comba, Mujer con silla de niño.

En 1948 asiste en Polonia al Congreso Mundial de la Paz y a los que se celebran en Inglaterra y en Italia. Por otra parte en 1949 se publica la Carmen de Mérimée, ilustrada por este artista que no descansa. Este mismo año nace su hija Paloma y resulta simbólico que en este momento transforme en «paloma de la paz» lo que constituye la suprema esperanza de los pueblos.

Pero si clama por la paz, vuelve a gritar su ira contra la guerra en Matanza en Corea en 1951. Un año después refleja ambos sentimientos en la doble composición dedicada en dos paneles a una capilla de Vallauris. Se trata de la jubilosa mitología solar de La paz y la bárbara simbología de La guerra.

1952 – 1959

El año 1953 se encuentra lleno de amarguras familiares para Picasso. El artista se entrega entonces en su casa de Vallauris a un trabajo frenético y termina en nueve semanas una suite de ciento ochenta escenas tragicómicas.

En Vallauris existía una plaza de toros. Picasso, que acude a todos los festivales taurinos, siente renacer su pasión de la infancia, una pasión a la que ya había dado expresión plástica en multitud de obras y que le acompañará hasta la muerte. En 1955 compra en Cannes «La Californie», caserón rodeado de un gran parque, donde se establece.

Este mismo año se inicia lo que puede definirse como «período de encuentro con los clásicos». Entre ellos se puede citar a Delacroix, Velázquez, Manet y David. Se trata de grandes series cíclicas consagradas a las obras maestras de estos artistas. En 1955 se dedica a las Mujeres de Argel, de Delacroix, y dos años después a Las Meninas, de Velázquez. Más tarde seguirán otras.

Es curioso observar que la primera coincide en el tiempo con el momento en que Argelia se alza contra la metrópoli para conquistar su independencia, lo que demuestra que Picasso nunca pierde el pulso de la marcha del mundo. Introducido en el ambiente torero, el artista graba en 1957 la serie La tauromaquia. Al año siguiente realiza el monumental fresco La caída de Ícaro para la Unesco en París, y adquiere el castillo de Vauvenarges.

1959 – 1965

El infatigable Picasso experimenta en 1960 una nueva técnica que consiste en la incisión sobre linóleo y ejecuta Toros y toreros, el tema del eterno retorno. Al año siguiente se instala en Notre-Dame-de-Vie, en Mougins, localidad de la misma región de Cannes. Aquí transcurrirán los doce últimos años de su vida.

También en 1961 realiza la serie de El almuerzo sobre la hierba según Manet, recreación de un tema clásico como las dos anteriores. En el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, se exponen ciento setenta y siete obras del artista, que es así acogido en su patria con todos los honores. Las exposiciones se suceden a un ritmo vertiginoso en Paris, Tokio, Berlín, Milán, Roma, Londres, Sao Paolo, Hamburgo y Nueva York.

Con ocasión de cumplir los ochenta años se celebran en su honor grandes fiestas locales con corridas en las que participan los toreros de moda como Dominguín, Ortega y Vázquez. En 1962 se inicia la serie de variaciones sobre El rapto de las sabinas de David, que constituyen un nuevo y feroz alegato contra la guerra. No se puede atribuir a la casualidad si se tiene en cuenta que ese año se produjo la «crisis cubana», que puso en grave peligro la paz del mundo.

En 1963 y gracias a las gestiones de ese ejemplo de «fidelidad picassiana» que fue Jaime Sabartés, su amigo y secretario desde la primera juventud, se inaugura en Barcelona el Museo Picasso. El propio Picasso hace donación de la serie Las Meninas en beneficio de esta importante institución y Sabartés también aporta muchas de sus obras.

1965 – 1973

Con motivo del 85 aniversario de Picasso se celebran en todo el mundo actos de homenaje, mientras que en el parisino Grand Palais se inaugura una gran exposición retrospectiva de su obra. Sin embargo, todos estos actos constituyen sólo una pequeña muestra al lado de los que se organizaron cinco años más tarde, con ocasión del homenaje nacional que Francia le rindió al cumplir el artista los noventa años.

Se montaron, por ejemplo, exposiciones que constituyeron un espectáculo sin precedentes por la concurrencia multitudinaria del público. En 1971 donó Picasso al neoyorkino Museum of Modern Art, La guitarra de chapa (1912); en el mismo estilo y con primera escultura discontinua parecido material siguió afirmándose en «La Californie» de Mougins como creador de formas nuevas abstractas, con acusados perfiles.

Al mismo tiempo continúa grabando y trabaja con urgencia, pues es consciente de que el tiempo se le acaba. A una serie de 347 grabados sobre cobre que preparó en 1968 en torno al tema del «eterno femenino», sigue en 1970-71 una nueva serie de 156 estampas. En 1973, poco después de su muerte, se inaugura en Aviñón, amorosamente preparada por él mismo, una exposición formada por 201 cuadros realizados entre 1970 y 1973.

La creación que ha legado a la humanidad este padre del arte moderno, es inmensa. Comprende cerca de treinta mil obras de pintura, escultura, dibujo y grabado Por fin, el gran rebelde, el gran luchador, se rindió en su última lucha con la muerte en Notre-Dame-de-Vie, el 8 de abril de 1973 y fue enterrado en su castillo de Vauvenarges.